MI CAMINO HACIA TI


21.- El jaboncillo de mamá

20.- Piedras en el camino

19.- Deja a Dios ser Dios

18.-Llamados a la santidad

17.- Mi riqueza

16.- Religiosidad sin compromiso

15.- La soltería es una vocación

14.- ¿Qué cosa es la vocación?

13.- Y vosotros ¿Quien decís que soy yo?

12.- Vocación al matrimonio

11.- Cristiano ¿Sin comunión?

10.- Señor, yo te sigo

09.- La vida consagrada

08.- Productos "light"

07.- ¿Quien es primero?

06.- Cuaresma, tiempo de gracia

05.- Semana santa

04.- Tiempos de navidad

03.- Mi compromiso en el bautismo

02.- La Reconciliación

01.- Vocación al sacerdocio


EL JABONCILLO DE MAMÁ

              Recuerdo aquel año, estaba en primaria, tendría 8 años de edad. Estábamos en la primera semana de mayo, un viernes podría ser y, claro, en los preparativos para el día de la madre. Recuerdo el alboroto del salón y los ajetreos en hacer las cajitas para colocar el regalo del día de la madre. La profesora era una más con nosotros en medio de las tijeras, las cartulinas, el papel de regalo y las gomas. Ella con mucho cariño nos ayudaba a dar forma a las cajitas y todos mis compañeros como en competencia para tener la mejor cajita. Mi profesora Charo, días antes, nos dejó la tarea: “pidan a su papá, ¡sin que la mamá se entere!, un regalito para que le den a su mamá en el día de la madre”. Nos explicó cómo tendría que ser el regalo, algo sencillo y pequeño de modo que quepa en las cajitas que debíamos preparar. El asunto fue complicado para mí porque yo no tenía papá, yo perdí a mi padre desde muy niño, y no tenía la suficiente confianza con mis demás familiares para pedir algo que implicara dinero. En su momento fue como estar entre la espada y la pared: pedir algo a quien no quería  y cumplir la tarea de la profesora. Luego de pensar en la posible solución no tuve otra mejor salida que recurrir a mi madre: “mamá, la profesora nos ha pedido un regalo para regalar a las mamás en el día de la madre, así que me tienes que dar un regalo para regalártelo”. Recuerdo que mi madre sonrió y me abrazó, y al día siguiente, antes de ir a la escuela, me dio un jaboncillo envuelto en una bolsa plástica. Aquel viernes, luego de todo el trabajo de fabricar las cajitas, todos ya teníamos en las manos el regalo para el día domingo. Llegó el domingo, me levanté, mamá ya estaba despierta, le busqué y le abracé por su día: “mamá este regaló es para ti, con mucho cariño” Recuerdo que mamá me abrazó y con una sonrisa me agradeció por ese regalo, que ella misma me dio.

 

             Esta experiencia de mi niñez me ha servido para comprender, después de tantos años, que no tenemos nada propio, que lo que podemos ofrecer no es nuestro. Que todo lo que tenemos es de él, y que tan solo podemos darle la envoltura de algo y que, incluso, esa envoltura, por más bonita que sea, con su guía la diseñamos, como la profesora cuando guiaba a los niños para hacer las cajitas.  Lo que para el Señor cuenta es el gesto, la aptitud de un corazón desprendido que devuelve algo de todo lo recibido. Qué ingratos somos cuando recibimos y no agradecemos, cuando recibimos y no compartimos. ¡Qué necedad la de aquel que cree tener algo!

               Ahora que sabemos que nada es nuestro y que lo que podemos tener simplemente lo administramos  ¿Qué debemos hacer?

 

P.Víctor

 


20- PIEDRAS EN EL CAMINO

Somos creación de Dios y todo lo que tenemos son dones recibidos por lo que debemos agradecer. Esto no quita méritos a la humanidad, antes bien, la engrandece por ser el reflejo más completo de su creador. Si todo lo que existe ha salido de las manos de Dios, la bondad perfecta, necesariamente tiene que ser bueno. La pregunta que sigue es sencilla: ¿De dónde el mal? Somos tierra buena por creación ¿De dónde las piedras y los espinos? ¿De dónde el sufrimiento? ¿De dónde la desgracia humana?

 

El hombre, con los maravillosos dones de la racionalidad y la libertad, sin los cuales no sería hombre, es especialista en convertir en piedras, es decir, en obstáculos para la vida, todo aquello que debería servirle para edificar y progresar. El dinero es bueno si construye y es un medio para superarse en la vida, pero es piedra y desgracia si te absorbe y obsesiona; el trabajo dignifica al hombre pero, si te esclaviza…; los estudios y los títulos profesionales cómo no van a ser bienvenidos pero, si te convierten en un soberbio zafio…; incluso, tu misma familia, si no les das el espacio que les corresponde (acercándote o distanciándote) les deformas e inutilizas. Jesús nos lo dijo: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22, 15-21), fórmula preciosa, dentro de todo el contexto del amor, que con certeza nos llevará al éxito y la felicidad en la vida. Esta es la fórmula que evitará convertir tantas cosas  hermosas que Dios nos regala en “piedras” que dificultan el camino de la vida. Po otro lado, te invito a que des una breve ojeada al contexto en el que vives, sin descuidar las cosas bellas de la vida: violencia, corrupción, pobreza, dolor, enfermedad, etc. Con mucha posibilidad tú no tendrás nada que ver con eso pero, dime si no te afecta. Las piedras que nosotros mismos generamos en la vida obstaculizan no solo el propio caminar sino también el de los demás. La vida mal llevada y mal gestionada, genera desorden que involucra, en principio, a la familia, y luego a la sociedad.

 

Creo que es responsabilidad y propio de gente madura tomar en serio la propia vida, vivir de la mejor manera, gozar de todo lo recibido, y brillar de modo que otros también brillen. Quitar las piedras del camino de la vida es tu decisión.

 

P. Víctor

 


19-DEJA A DIOS SER DIOS

                Por aquellos tiempos de mi postulantado en el seminario San Ezequiel Moreno recuerdo que mamá enfermó. Quería verle y estar con ella por lo que hablé con mi formador para un permiso. Me lo concedió pero me dijo algo que me llamó la atención: “Deja a Dios ser Dios”. Me explicó que yo no era médico y poco podía hacer para ayudarle y, además, me dijo “¿Tú crees que Dios no la va a cuidar mejor que tú? En el momento no lo entendí pero, ahora veo con más claridad el trasfondo de su mensaje.  No era cuestión de un permiso, que me lo dio, sino de confianza. En pocas palabras: “Víctor, ¿Eres capaz de confiar en el Señor?”. Cuántas veces ha pasado que no dejamos a Dios ser Dios. Todo lo queremos hacer nosotros y a nuestro aire. El hombre quiere construir sin Dios y al intentarlo no solo se destruye sino que destruye: “Sin mí no pueden hacer nada” (Juan 15, 5). Mientras no se asimile que sólo podemos hacer lo que se puede y nada más, seguiremos con el agobio y tensiones que caracterizan nuestro mundo moderno. Sé humilde: lo que no se puede preséntalo a las manos de Dios. Allí es donde se pone a prueba la fe que decimos tener. Quien quiere abarcar con todo se estresa, se agobia, se cansa, se debilita  y, al final, tira la toalla. Ciertamente “anda y ve a tu madre, estate con ella” pero, sin olvidar que Dios es providente y nadie le gana en generosidad.

 

                He aprendido después de la muerte de mis queridos padres que la mejor oración no es exigir a Dios que se haga lo que uno quiere sino que se haga “su voluntad”: ¿Quién mejor que él puede saber lo que realmente necesito? Por su puesto, como hijos tenemos el derecho de pedir a nuestro padre Dios lo que pensamos necesitar pero, sin olvidar poner al final de la petición “…que se haga tu voluntad”. Su voluntad siempre será lo mejor que pueda pasar, aunque pareciera que no, aunque no se haga lo que se pide, siempre será lo mejor. Posiblemente en que “no se haga lo que se pide” radique el temor de decir de corazón “que se haga tu voluntad” pero es cuestión de fe: ¿Dónde está tu fe? Es que, pudiendo llevar las cargas con el mejor de los amigos preferimos abarrotar la mochila de la vida y, claro, se acaba como se acaba. Intentemos, tú y yo, poner en las manos de Dios nuestros proyectos, deseos y anhelos, la familia, las preocupaciones y angustias, a ver qué sucede. El Señor no defrauda. Ah, no olvides pedir el don de la humildad, recuerda que solo los humildes descansan en el Señor y todo lo esperan de su providencia.  En situaciones difíciles no te olvides: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, yo los aliviaré” (Mateo 11, 28). Él nos llama a confiar en su infinito amor de amigo que siempre quiere lo mejor para sus amigos.

 

Siempre recuerda: Deja a Dios ser Dios en tu vida.

 

P. Víctor


18-LLAMADOS A LA SANTIDAD

               En múltiples ocasiones he preguntado a la gente si son santos. La respuesta siempre ha sido que no. Unos dicen que están en proceso, otros dicen que nadie es santo, otros que estamos llamados a la santidad y otros, hasta se ríen. Bueno, el asunto es que, cuando doy la respuesta todos se sorprenden, porque les digo que todos somos santos por el simple hecho de ser bautizados. Es penoso ver que tanta gente ignora o no se toma en serio ese maravilloso título regalado por Dios: “Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido…” (1 Pe 2,9). El asunto es que no se vive acorde a ese título recibido. Entonces, la tarea de todo bautizado es ser coherente con lo que ya es por su bautismo. ¡Grave responsabilidad de los bautizados que se proclaman cristianos!, ¡Grave tarea de los padres de familia y padrinos comprometidos en la formación cristiana de los niños! La vida de todo cristiano tendría que ser un constante caminar a la santidad que Dios cumplió con regalarla en el bautismo. El papa Benedicto XVI en el Ángelus del 1 de noviembre de 2007 afirma: “En efecto, el cristiano ya es santo, pues el bautismo lo une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo debe llegar a serlo, conformándose a él cada vez más íntimamente. A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, llegar a ser santo es la tarea de todo cristiano, más aún, podríamos decir, de todo hombre”. La sorpresa causada al saber que “todos los bautizados son santos” se explica del alguna forma, por la concepción que se tiene de los “santos”. Benedicto XVI al respecto dice lo siguiente: «"Los santos no son personas que nunca han cometido errores o pecados, sino quienes se arrepienten y se reconcilian. Por tanto, también entre los santos se dan contrastes, discordias, controversias...Son hombres como nosotros, con problemas complicados... La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar, y sobre todo con la capacidad de reconciliación y de perdón". "Y todos podemos aprender este camino de santidad".»

P. Víctor


17-MI RIQUEZA

La parábola de los talentos es una guía acertada para descubrir la riqueza de cada ser humano. Es el medio por el que podemos obtener una radiografía no sólo de los dones y talentos propios y de los demás sino que descubre el don y talento que cada persona es para los demás. El darse a los demás genera el enriquecimiento mutuo puesto que tanto el que da como el que recibe crecen y se fortalecen, y los talentos se multiplican. El problema está que muchas personas desconocen lo que son y no se valoran, y claro, nunca se ofrecen a sí mismos como regalo para los demás. O, lo que se da con frecuencia, que la persona sabe lo que tiene pero, se conforma con ello y no le ve como riqueza, por lo que no tiene interés en multiplicar, y así forma parte de aquellos que devolvieron el talento tal y conforme lo recibieron. Más que comenzar a contar y anotar los talentos propios y ajenos, el primer paso tendría que ser “valorarse como talento”. El paso siguiente sería “brindarse a los demás” y así, en el transcurso de este paso, poco a poco, se irían descubriendo las riquezas que Dios regala a  manos llenas a cada uno de sus hijos. Nadie puede brindar algo sino sabe que lo tiene y, además, si no se tiene la disposición de brindarse así mismo. No hay que olvidar que dando es como se va descubriendo todo la riqueza que alguien guarda. Es tarea personal y obligatoria descubrir la riqueza que cada cual guarda, como regalo de Dios. Sólo el que sabe quién es será capaz de valorarse y valorar a los demás.

 

 P. Víctor


16-RELIGIOSIDAD SIN COMPROMISO

El mes de octubre en nuestro país, la semana santa y otras tantas celebraciones  trascienden por las expresiones de fe. La concurrencia a las calles para acompañar “al Señor que pasa o al santo patrón” sorprende a propios y extranjeros. Además, el porcentaje de católicos o cristianos en Perú es alto, supera el 85 por ciento. Con estos dos indicativos, a simple  vista, se puede correr el riesgo de concluir que la fe está asegurada y que el trabajo pastoral en las parroquias es fructífero.  Con todas estas expresiones de fe se tendría que decir que Perú es un paraíso, o es el cielo en la tierra. Pero, ¡vaya sorpresa! porque no es así. La violencia a nivel de familias, el racismo, la corrupción a todo nivel, la inseguridad, la pobreza de miles, la desigualdad social, y el escaso compromiso de la gente con su Iglesia, sobre todo respecto a los sacramentos desdice todo lo dibujado en el cuadro anterior. La religiosidad no falta pero, ¿en qué medida la gente que se llama cristiana y religiosa es cristiana de verdad? ¿La denominación de cristiano concuerda con la vida que se lleva? Una mirada objetiva al panorama lamentablemente indica que se ha construido una religiosidad divorciada de un compromiso con Cristo y su Iglesia.

 

El mundo acecha con ideologías baratas, quiere descartar todo compromiso que implique sacrificio, resalta los derechos antes que las obligaciones, fomenta la postura mercantilista a todo nivel, quiere eliminar a toda costa la presencia de alguien que oriente el camino porque él mismo ha construido su propio camino y, lo más grave, ha comenzado a construir su propia religión. Esta debe ceñirse a los lineamientos que considere, a sus aspiraciones, a sus proyectos, a su propia moral. Se vislumbra así una “religión” liberada de “compromisos”, simplemente que gire en torno a gustos y emociones. El hombre ha comenzado a construir su propia “Torre de Babel”.

 

Es necesario trabajar para reconstruir este compromiso. Primero, el cristiano debe experimentar que es parte de una gran familia llamada "Iglesia", una familia que le acoge y le ama, y que siempre quiere lo mejor para él. Si el cristiano no ve a la Iglesia como su casa difícilmente se identificará con ella.   Esta experiencia llevará al cristiano a reconocer que hay compromisos con aquella institución que le abraza, podrá ver con más claridad que aquella le necesita para poder extenderse y llevar a aquel que le da su razón de ser: Cristo. El Papa ha insistido a los pastores, en repetidas oportunidades, a ser cercanos, fraternos, cálidos y amigos con la feligresía: ¿lo estamos haciendo? Una vez reconstruido el compromiso debe comenzar el trabajo de formación. Este, poco a poco, reorientará esa religiosidad, que es buena en sí misma, le hará madurar y fortalecer las bases de su fe, de  modo que sirva para retroalimentar el compromiso adquirido.  La religiosidad popular bien trabajada debe llevar a un compromiso formal con la Iglesia.

 

P. Víctor


15-LA SOLTERÍA ES UNA VOCACIÓN

        Se piensa con frecuencia que ser “soltero” es sinónimo de “solterón”. Y no es así, por supuesto, el soltero no es un fracasado. Él o ella están llamados a vivir el amor fuera de unas relaciones de matrimonio y de exclusividad; están llamados a realizarse en otro plano, en una realidad diferente.  El amor en ellos se torna más amplio, más universal y siempre fructífero.

          Las personas solteras, como puede suceder con los casados, los religiosos o sacerdotes, deben abrazar su vocación y vivirla con amor, caso contrario se torna una carga estéril, un pesado lastre que llevarlo no tiene sentido. El hecho de soportar la soltería con pena y  resignación implica morir, de a pocos, a las tantas posibilidades de la vida, significa probar la amargura del desencanto por el desvanecimiento de los retos e ilusiones propios de quien vive su vocación con alegría. La respuesta a la vocación es libre y consciente, por lo tanto aceptada como un proyecto de vida, y sólo así es puerta abierta a todo un mundo de posibilidades y de crecimiento.

          La persona que vive esta vocación no deja de lado su afectividad o su sexualidad, está dispuesta a amar y acepta ser amada; disfruta de sus relaciones sociales, ya sean amicales, familiares, laborales, siempre de la mejor manera. Vive su mismidad en su mundo de libertad e independencia, desarrolla su dinamismo y entusiasmo en sus distintas actividades, y comparte la vida con todas las personas que desea, solo que no establece en su vida una relación exclusiva.

          El soltero orienta su vida al servicio de los que le rodean sobre todo a los más necesitados, así se ejercita en el uso de sus potencias, talentos  y habilidades. Este modo de vida es una opción más para ser feliz y lograr la santidad.

 

P. Víctor


14-¿QUÉ COSA ES LA VOCACIÓN?

Cada día estoy más convencido de que si no vivimos como tenemos que vivir, no seremos felices. Viviremos a medias o, lo que es más lamentable, tan sólo sobreviviremos, a pesar de haber sido creados para vivir en el amor y así ser felices. Entonces ¿cómo tengo que vivir para ser feliz? La respuesta es sencilla: “vive tu vocación”

          Qué es vocación. La palabra “vocación” viene de la palabra latina “vocare” que significa “llamar”. La vocación es entonces  una llamada, una llamada a la realización plena en  una vida de servicio y de amor. El que llama siempre es Dios, suya es la iniciativa. Él tiene un plan para toda la humanidad y, de modo concreto, para cada hombre; no existe ni existirá ser humano que no sea llamado. Por eso la necesidad de conocer la propia vocación y de vivirla. Dios siempre da a conocer su llamado, en distintos momentos y de muchas maneras. El hombre tan sólo debe estar atento y descubrir ese llamado en los acontecimientos de la vida. Debe aprender a discernir con objetividad entre tantas posibilidades, hasta muy buenas, que da la vida, y elegir lo que es, no lo que me parece o me gusta, o está de moda, o agrada a los papás, sino lo que está hecho a mi medida. Para comenzar este trabajo se requiere un guía, una orientación, un análisis de los talentos, cualidades y capacidades propias, etc.

          Aquí, cuando se habla de vocación, no se hace referencia a la vocación para una carrera o para una profesión. Ciertamente que para ello se necesita un llamado o unas habilidades para poder desarrollarla, pero ello no implica necesariamente el ser en su conjunto, la existencia, la  realización como persona.  a palabra   “vocación”   se refiere   a

“los estados de vida”,   algo   que   va   más   allá  de un simple trabajo o profesión, es decir, un modo de vida que configure mi identidad personal y me dé la realización y felicidad. Los estados de vida son básicamente cuatro: matrimonio, soltería, sacerdocio, y vida religiosa.

          Cada estado de vida tiene su peculiaridad y en cada uno se puede desarrollar una o varias profesiones, o trabajos; en cada uno se puede ser feliz, realizar, y santificar. Todo cristiano, y cualquier hombre de buena voluntad están llamados a un determinado estado de vida. La realización personal depende de la respuesta madura a este llamado.

          Cuando la elección se da según circunstancias del momento, gustos o emociones, la moda, por dinero, por confort, porque así lo hace la mayoría, o simplemente por mero capricho, las consecuencias no se hacen esperar: sinsabores, vida desgraciada, vida mediocre y sin sentido. Por desgracia esto afecta no sólo a la persona implicada sino también a los que le rodean, y a la sociedad. Por ello hay padres que nunca debieron ser, hay “solterones” más que solteros, sacerdotes o religiosos indeseables. Estas personas no son felices y tampoco dejan ser felices a los demás.

          El hombre es feliz cuando vive su vocación.

 

P. Víctor


13-Y VOSOTROS, ¿QUIEN DECÍS QUE SOY YO?

          Pregunta crucial en la vida de todo cristiano: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Cuando la pregunta es general: “¿Quién dice la gente que soy yo?” no tardan las respuestas, y con facilidad se define la situación, pero cuando la respuesta implica una opción personal, y es más, un compromiso, la cosa no es tan fácil.

         A la pregunta ¿Quién es Jesús? la respuesta será múltiple e inmediata, abundan según la fuente: del internet, del catecismo, del sacerdote, del diccionario, de la familia, de los amigos, del político, del no cristiano, hasta del agnóstico. Pero formulada para TI, es decir, “Y tú ¿Que dices de mí?”, con mucha posibilidad la respuesta no será tan inmediata y completa. Una pregunta así conlleva tres respuestas. La primera, muy frecuente, y que implica incoherencia: “Cristo es mi Señor” pero mi vida de espaldas a él. La segunda, poco frecuente, “Cristo para mí no significa nada” y me es indiferente. La tercera, igual que la primera, pero asumo el compromiso de seguirle: “El que quiera seguirme, que se niegue así mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. ¿Cuál es tu respuesta?

         La respuesta que da  Pedro es cierta: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”y Jesús la confirma: “Feliz eres, Simón Bar-jona, porque no te lo enseñó la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Pero Jesús complementa esta respuesta con algo que no entra en el esquema de sus discípulos y en el esquema de muchos: la pasión y muerte. Ya en el desierto Jesús fue tentado a desistir con las propuestas del facilismo, el triunfalismo y la idolatría, y estas mismas tentaciones prevalecen hasta hoy. Para los discípulos cuenta un Mesías exitoso y triunfador, no hay apuestas para un perdedor en la humillación.

          El mundo de hoy pide una redención, ciertamente, pero “light”, y una redención “light” surge de un cristo “light”. Sugiero que des una ojeada a mi artículo al respecto en esta misma página.

          Cristo sigue preguntando: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». ¿Cuál es tu respuesta? Tu examen de conciencia diario podría comenzar con esta pregunta.

 

P. Víctor


12-VOCACIÓN AL MATRIMINIO

La vocación a la vida matrimonial es la más conocida y la que más abunda. Se ve algo normal ya que todos somos fruto de dos personas que un día se conocieron, se amaron y formaron una familia. El matrimonio expresa la decisión conjunta de un hombre y una mujer que se eligen para vivir juntos y se prometen felicidad, fidelidad y, sobre todo, amor para toda la vida.

          Los cristianos creemos que el matrimonio es una institución creada por Dios. El Génesis narra que el hombre, al comienzo, estaba solo y que, cuando aparece la mujer, su vida cobra sentido al ser complementado con alguien que es “hueso de sus huesos y carne de su carne”. “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer y los dos llegan a ser una sola carne”.

          Con Cristo el matrimonio toma un nuevo sentido: es elevado al rango de “sacramento” y afirma: “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Con el sacramento se consagra la pareja y se constituyen en un solo ser. Desde ese momento los dos tienen una fuerza especial que los capacita para caminar en la convivencia, para superar las dificultades y los problemas propios de la vida en común; como casados se constituyen en modelo a imitar y en promotores de vida; los cónyuges están llamados a la santidad.

          Hombre y mujer en el matrimonio son complemento el uno del otro y viven el amor  dentro   de  unas   relaciones   físicas, sicológicas y espirituales. El matrimonio válido se construye sobre la libre voluntad de ambos, de modo que ambos asuman en libertad las consecuencias del mismo.

          El sacramento del matrimonio tiene dos fines elementales e ineludibles: La ayuda mutua y la procreación de los hijos. La ayuda mutua lleva consigo el ser complemento el uno del otro en todos los aspectos de la vida, implica la colaboración y comprensión, el sacrificio por el otro; exige reacomodar criterios, deseos, esquemas con vistas a la armonía del hogar, sin dejar la propia personalidad. Todo esto para unirse cada vez más, realizarse como personas casadas, ser felices  y así, estar fortalecidos para la obra común que Dios les encomienda: la procreación y la educación de los hijos.

          El amor es pieza fundamental en la construcción del nuevo hogar, le da estabilidad, le hace crecer y dar vida. Pero no basta con dar vida, los esposos deben preocuparse por la total formación de hombres y mujeres íntegros en todos los aspectos: cultural, profesional, espiritual, para bien de ellos y de la sociedad. De allí la necesidad de una vocación sólida para una solidez matrimonial.

¿Crees tú que esa es tu vocación?

 

P. Víctor


11-CRISTIANO, ¿SIN COMUNION?

          Pasábamos por un templo de los hermanos separados y le comentaba a mi amigo, que no me explicaba la vida de un cristiano sin la comunión. Su respuesta me dejó pensando,  pues me dijo: que lo importante es que han encontrado al Señor y se han convertido a Él, que llevan una vida ordenada, que son buenos y consecuentes. Ciertamente, no se puede negar esa experiencia, pero también es cierto, que si el Señor les transformó la vida, sea en la comunidad que sea, Él mismo tiene que orientarles de alguna forma, al único camino que trazó y estableció, en el que sólo se puede construir UNIDAD y vivir en plenitud: La Iglesia. Si a la larga o a la corta no se logra el gran deseo de Jesucristo: “Que todos sean uno como Tú y Yo somos uno” habría que pensar si esa “conversión” es auténtica o simplemente un mero sentimiento pasajero, o una cuestión de puntos de vista, pareceres, criterios, que en el fondo no son más que expresión de egoísmo.

          Por otro lado, los cristianos debemos tener claro que somos “uno” en Él, es decir, en la Eucaristía.  ¿Será posible obviar tantos párrafos en la Sagrada Escritura que hacen alusión a  Cristo como alimento de vida? ¿Al rechazar la  Eucaristía no se negarán  sus palabras:   “ESTO ES   MI CUERPO”,    ESTA    MI    SANGRE”?    y, 

¿no será desobediencia ignorar “TOMAD Y COMED”, “TOMAD Y BEBED”, “HACED ESTO EN MEMORIA MIA”? Los que creen en su Palabra no pueden relativizar la necesidad de comerle, necesariamente tienen que alimentarse del que se proclama como Alimento y Vida. Sólo los que no creen en su Palabra negarán su presencia en la Eucaristía, y afirmarán que lo que hacemos en la misa es una representación, e incluso nos tildarán de idólatras por postrarnos en la consagración.

          Las palabras,  “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” no expresan sólo una presencia espiritual, nos revelan su presencia real, exquisita, palpable al extremo de poderle comer.

          Es un error convertir al cristianismo en simple altruismo: ser bueno, llevar la vida ordenada, vivir bien, llevarse bien con todos, compartir los bienes, etc. Todo ello no está mal, pero para que esté bien, es necesario el sello de un Cristo que vive, que sea el motor de lo anterior. En pocas palabras se necesita la Eucaristía.

 

P. Víctor


10-SEÑOR, YO TE SIGO

          El término “decisión” implica la firmeza y valentía para realizar algo. La decisión siempre va de la mano con la libertad. Libremente se toma una decisión como también las consecuencias de esa decisión.  Cuando el Señor decide ir a la cruz, no está pensando ir a la cruz, sino que va a la cruz. El texto evangélico de hoy día presenta un claro ejemplo de lo que es una decisión y lo que involucra. Seguir al Señor implica romper esquemas y paradigmas que limitan la libertad al tomar esa decisión. Las palabras de Jesús en el evangelio del domingo anterior: “El que quiera seguirme, que se niegue así mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo” expresan con claridad que desea seguidores libres, hasta de sí mismos, hombres incondicionales, cuya única ambición sea Él mismo. Estos, deberán dejar ambiciones personales, puntos de vista, creencias y condicionamientos en general; deberán ser libres de cualquier atadura, incluso de lo que puede ser algo bueno, noble y justo como es la familia.

          El que pretende seguir a Jesús debe saber que no debe primar sólo el gusto de seguirle, el sentirse bien o pasarla bien, sino el “amor” y amarle hasta el extremo, a tal punto que, ni lo más amado en este mundo se pueda interponer en la decisión de seguirle.

          “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”, es un nuevo estilo de vida que el Señor presenta al mundo y que exige un desasir pleno para su realización. Aquí no entran los que “entierran muertos”, es decir, los que pasan la vida en asuntos de muerte, porque también están muertos;  o “los que miran atrás con la mano en el arado” porque no están convencidos que la  opción es Cristo, y siempre lamentarán lo que dejan porque aún no se ha dado una ruptura plena con ello; sino aquellos decididos que apuestan por la vida y por lo nuevo, aquellos cuya mirada la tienen fija adelante y no atrás. No se trata de no enterrar al padre o a la madre, puesto que enterrar a los muertos es un acto de caridad, y cuanto más si son los padres; tampoco de no valorar a la familia. Se trata, simplemente, de dar a cada cual el valor que corresponde. Así, de ese modo, se podrá dar una respuesta: la correcta y en libertad.       

          Hay ejemplos que muestran seguir a Cristo en libertad. Es el caso de los religiosos, aquellos que dejan familia, trabajo, amigos, fortuna, profesión, costumbres, estilos de vida, para seguir al Señor a donde quiera que vaya; los misioneros, hombres que han llevado el nombre del Señor a lugares inhóspitos y que muchas veces nunca más han visto a su familia; gente que ha perdido su trabajo por no ser cómplice de la corrupción o del asesinato; los mártires, que antes de renegar de Dios han preferido morir, etc. Estos ejemplos expresan la auténtica libertad para seguir al Señor, aún ante las adversidades extremas, sin anteponer interés personal alguno; estas personas muestran al mundo la locura del amor, un amor que es “decisión” y libre; nos hablan de la fe con su misma vida de servicio, nos hablan de la confianza en la providencia con su misma pobreza. Aprendamos de ellos, para dar algunos pasos en la santidad.  

          A Cristo sólo se le sigue en libertad. El hombre la ha recibido para optar por el bien; el que opta por el mal no es libre, se convierte en esclavo de su propio mal. Dios no quiere esclavos, robots, o máquinas programadas para que le sigan; quiere hombres responsables, es decir, que respondan, inteligentes, con voluntad propia, que asuman el reto de seguirle.

¿Tú eres uno de ellos?

 

P. Víctor


09-LA VIDA CONSAGRADA

          La vida religiosa es una vocación, es decir, una llamada de Dios a un estilo de vida. Es el llamado a ciertas personas, a vivir consagradas a Él y vivir plenamente el Evangelio, en una comunidad de hermanos. Es una vocación, que  siempre está enmarcada en un contexto eclesial porque se da dentro de la Iglesia. Es ella, la que propicia, motiva y acoge, a las comunidades religiosas.  La vida religiosa se caracteriza por la vivencia de tres valores o consejos evangélicos, que son los mismos que vivió Cristo: Pobreza, por  que renuncia a acumular bienes para sí mismo, pues se tiene todo en común. Castidad, por el que se consagra íntegramente a Dios,  y renuncia a amores exclusivos y  Obediencia, por la que la voluntad del religioso se supedita a la  de Dios, a través de la obediencia a un Superior.  La vida religiosa, vista así, es un don y un medio privilegiado de evangelización, es afirmar con los hechos el valor de la persona de Cristo y el Reino que se realiza en Él.

          El hombre o la mujer llamados para la vida religiosa en una comunidad de hermanos tienden a buscar a Dios para contemplarlo y alabarlo. Para ello propician momentos de interioridad, de oración y de silencio; y como consecuencia de este encuentro personal con el Señor viene el encuentro con los hermanos en la comunidad, y también el apostolado como servicio. Es decir, el trato con los demás, aparece como consecuencia del trato inicial con el Maestro. El amor es el contexto en el que se desarrolla la vida religiosa: por amor se busca al Señor, para seguirle más de cerca y con mayor libertad, y por amor se da el servicio a los hermanos.

          Como en cualquier otra vocación, el candidato para la vida religiosa debe tener ciertas cualidades que garanticen dicha vocación. La primera, el amor a Cristo y a su Iglesia, y  a la comunidad que le acoge; la experiencia de la caridad debe ser algo elemental en el candidato porque es la que debe mover sus decisiones;  si la vida religiosa se da en un ambiente de comunidad el candidato debe tener la capacidad de vivir en comunidad; la persona debe ser capaz de vivir con alegría y gozo los consejos evangélicos. Estas características son elementales, a partir de aquí se podrá ir edificando toda la riqueza de la vivencia comunitaria.

          Las comunidades religiosas son diversas, tanto de hombres como de mujeres, y cada una con un carisma definido y diferente, que expresa la especial manera de vivir su entrega; todas con el único objetivo de entregarse a Dios y servir.  Así también, todas, son medios de santificación.

          Es importante resaltar que la vida religiosa no implica necesariamente el sacramento del Orden Sacerdotal. Hay muchos religiosos que no son sacerdotes y se les llama “hermanos”, y también sacerdotes que no son religiosos. El término “religioso” es un término jurídico que designa a aquel que vive esta vocación. En ambos casos se está llamado a vivir plenamente la vocación, y por supuesto, a vivir la santidad.

 

P. Víctor


08-PRODUCTOS LIGHT

          Los productos light rápidamente han logrado un estatus en el mercado. Por doquier se les ve publicidad y oferta a todo nivel. Estos son muy variados y se les encuentra en galletas, en yogurt, gaseosas, panecillos y golosinas, etc. El mercado presenta un surtido abanico de estos elementos y, siempre adaptados a las exigencias del público.

          Estos productos nos pueden ayudar a entender la realidad de muchos cristianos autodenominados “muy católicos”, “muy cristianos”, “de fe profunda” pero, que quieren vivir un cristianismo “a su aire”, y rechazan aspectos fundamentales que garantizan una auténtica fe, y que, claro, ponen en tela de juicio hasta su propia denominación de “cristianos” y, lo más grave, escandalizan a aquellos que quieren vivir “de verdad” su fe.  Es frecuente en ellos frases como: “yo soy cristiano a mi manera”, “yo sólo sirvo al Señor y a nadie más”, “no tengo que rendir cuentas a nadie”, “mi relación con Dios es directa”, etc. Es decir, estamos frente a personas que quieren construir su propia religión y que ya tienen trazado su propio camino. Obviamente, nada más absurdo.        

          El problema es que  muchos quieren meter en la canasta de productos “light” a la iglesia y, lo más sorprendente, a Jesucristo. Es decir, quieren que el producto “iglesia" y el producto “cristo” se adapten a los diversos criterios y esquemas que el mundo les propone, que respondan a los múltiples deseos del usuario, bajo la pena de convertirse en productos retrógrados y anticuados, con fecha de caducidad vencida y, que por lo tanto hay que desechar. 

          Bajo este criterio “soy yo” y no Cristo el que dice: “El que quiera seguirme…que se niegue a sí mismo y me siga”. Qué sin sentido ¿verdad? Que sea el hombre el que exija a Dios seguimiento. Vaya, el mundo sí que anda al revés.

 

P. Víctor


07-¿QUIEN ES PRIMERO?

          Se tiene la creencia que con solo cumplir normas establecidas en una institución se logra la candidatura para el título de “buen trabajador”.  La experiencia dice que no siempre es así.  Uno de los tantos ejemplos lo tenemos en la Sagrada Escritura: el hermano mayor en la parábola del hijo pródigo. Resulta que siendo el más cumplidor resultó el más soberbio y orgulloso de los hermanos.

          A nivel de Iglesia se ve con frecuencia. Si las cosas no se tienen claras fácilmente un credo se puede convertir en un conjunto de normas y devociones que una vez cumplidas, hay que pasar por la paga: el Reino de los Cielos y, a exigir derechos adquiridos respecto a los que no son cumplidores. También hay aquellos que se distancian de los anteriores y quitan normas o, simplemente, no las cumplen porque “me parece no son necesarias” y afirman que “lo importante es lo que se lleva en el corazón y lo que uno siente”. ¡Vaya sentimentalismo barato!

          Pero, vaya novedad la que Cristo nos trae: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”.  Un feligrés  con cierta organización de tiempos y trabajos, con hábito de  buen  cumplidor  y    con religión   construida      sobre    normas    y preceptos, fácilmente se lleva el título de buen cristiano. Este es el caso de los escribas yfariseos, muy exigentes y cumplidores, y con el premio de ser bien vistos por la comunidad y, lo más peligroso,  auto considerados  buenos creyentes y ejemplos a seguir.

          El cristiano debe hacer un alto y dejar claro que “es cristiano” no porque sigue los mandamientos sino porque le deslumbra una persona llamada Jesús. Obviamente hay que cumplir la ley, normas o compromisos, pero no por ellos mismos, sino como medios para  llegar a Jesús. El objetivo de la ley no es la ley, es llegar a Jesús, por lo que son medios de caridad. Cuando se sigue la ley por ser la ley tenemos un esclavo, y los esclavos no son  libres. Frases como “Qué tantas normas y mandatos saca la Iglesia”, “Eso no está en la Biblia”, “Estas normas son humanas”, “Yo no estoy de acuerdo…” y frases por el estilo demuestran, muy en el fondo, un anhelo de libertad. Y quienes las usan se delatan como esclavos y obsesionados por las normas.

          Las normas y mandatos son bienvenidos cuando forman y construyen, purifican y sensibilizan, y nos conducen al Señor. El amante ve los medios como camino seguro a la persona amada.

 

P. Víctor


06-CUARESMA, TIEMPO DE GRACIA

El tiempo de cuaresma es un tiempo especial que la Iglesia presenta para prepararse al acontecimiento trascendental de la historia: la resurrección de Jesucristo. Los cuarenta días, tiempo que dura la cuaresma, el mismo nombre lo indica, es todo un itinerario de conversión en el que se debe aprovechar el mínimo detalle de la Palabra para armar todo un programa de vida que lleve a una auténtica conversión.

          La cuaresma comienza un miércoles con el gesto simbólico de la imposición de la ceniza. Este acto hace recordar al hombre que es polvo o ceniza, y que aún con su grandeza, es un ser caduco y una criatura, y que necesita de Dios para ser o existir.  Así, enterado el hombre de su condición humana, estará preparado para el trabajo transformador de Dios en su vida y pueda recibir, por acción del Espíritu, a su Hijo resucitado.

          El objetivo de la cuaresma no es provocar sentimientos y emociones, como muchos quieren que así sea,  que motiven a desprenderse de algo.  La cuaresma, ante todo, es un tiempo de gracia que debe mover la voluntad del creyente para regresar al Señor, como una decisión personal. Su Palabra y su Mensaje son los que tienen que retumbar en el corazón y en la inteligencia del hombre para que movido por la gracia, y luego, como una

respuesta personal, por su convicción y no por sus sentimientos, comience su proceso de conversión, y así recurra a las prácticas cuaresmales como medios para llegar a Él. Es así que estas prácticas no son las que primero tienen que sobresalir en la cuaresma sino esa decisión de optar por Él, y por Él y para Él, recurrir al  ayuno, a la penitencia, a la limosna, en un diálogo constante con Dios.

          Sólo en Cristo tienen sentido las prácticas cuaresmales. El ayuno lleva al hombre a vivir con lo esencial y necesario, la oración le permite descubrir que lo único necesario es Dios, y el hombre convencido de esa realidad comienza a desprenderse de todo aquello que no necesita y lo comparte con los más pobres. De esa manera rompe esquemas, egoísmo, orgullo, vanidad, soberbia,  y todo aquello que obstaculiza su camino al Señor.

          El tiempo de cuaresma es un llamado a la participación activa en los misterios de la fe, siempre de la mano con la Iglesia, para que sea un tiempo fructuoso y en verdad Jesucristo resucite en cada uno.

 

P. Víctor


05-SEMANA SANTA

La Semana Santa es especial para todos los cristianos. Es una semana de gracia en la que conmemoramos los grandes misterios de nuestra fe: La pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. No es un simple recuerdo de lo sucedido, es vivir en tiempo presente y real, o como se diría en términos actuales “on line” aquello  que pasó hace poco más de dos mil años, y que revolucionó la historia de la humanidad. Por ello la prolongada preparación que conocemos llamada “cuaresma”.

          Queridos hermanos, esta es la gran oportunidad que nos presenta el Señor para regresar a Él, para contemplarle y adorarle, y sobre todo descubrir el amor infinito de un Dios comprensivo y misericordioso para con el hombre, tantas veces reacio y duro a su presencia. Es el momento oportuno para descubrirnos a nosotros mismos, mirándole a Él.

          Por lo tanto la Semana Santa es tiempo de reflexión y oración, de meditación y diálogo familiar, de acompañar al Señor en los distintos momentos de su camino al calvario, no como un espectador en las butacas de un teatro que tan sólo mira el desarrollo de la obra y no participa, sino como actor y que vive la misma obra. También, este tiempo es propicio para un compromiso de vida: No estaría mal preguntar a qué te comprometes, qué te propones, qué decisión vas a tomar respecto a esa situación por la que estás pasando.          Te diría que no dejes pasar esta oportunidad para cambiar algo en tus esquemas. Pero, se necesita tu participación activa en los distintos momentos de esta semana, necesitas hacerlos vida para que logres frutos.

          Por estos días el comercio se torna exigente e impone un estilo de vida en el que se puede caer con facilidad: turismo, campamentos, borracheras, playa o, simplemente, pasarla por pasarla, y claro, se deja de lado la celebración. La labor educativa de las familias cristianas es fundamental para promover entre sus miembros y el vecindario una vivencia más profunda de esta semana. Es cuestión que te lo propongas.

          Queridos amigos pidamos unos por otros para vivir esta semana de la mejor manera, hagamos cadenas de oración pidiendo fortaleza y sabiduría para descubrirle y adherirnos a Él.

          Que el Señor les bendiga y que esta semana sea la mejor de su vida.

 

P. Víctor


04-TIEMPOS DE NAVIDAD

Por estas fiestas suelen aflorar sentimientos que mueven al corazón a tomar actitudes de acogida, de fraternidad, de compartir; pareciera que las relaciones humanas se volvieran más llevaderas y la gente se volviera más sensible. Y ciertamente, no es para menos: “Nace el Hijo de Dios, Dios mismo se hace hombre”. Pero, pienso que más que dejarse llevar por sentimientos o emociones, que por lo general son pasajeros, esta época debería ser para tomar decisiones; decisiones respecto a uno mismo y respecto a los demás y de la mano de Jesucristo.

          Los sentimientos no se pueden evitar, simplemente brotan y hay que encausarlos, pero estos no pueden ser el timón de la vida, por ser muy fluctuantes. Por ello es que cuando pasan los sentimientos también pasan las actitudes que se tomaron basadas en aquellos.

          Desde esta perspectiva, es de las decisiones tomadas y no de los sentimientos que las actitudes deben nacer. Las decisiones serias y correctas son consecuencia del discernimiento y se basan en la voluntad, llevan consigo un compromiso, retos, la palabra misma.  Creo, además, que toda decisión debe ir acompañada de la responsabilidad de asumir las consecuencias de dicha decisión. Sólo cuando la vida camina en torno a decisiones se puede lograr metas y objetivos, y por su puesto lograr la felicidad. Si las decisiones tomadas van acompañadas de gozo y júbilo, en buena hora; pero si no es así,  hay que luchar hasta conseguir el objetivo trazado.

          Jesucristo nace, y quiere nacer en nuestros corazones. Él quiere que nos comprometamos con su causa y para ello necesita, más que los sentimientos, nuestras voluntades. No quiere simples emociones que surgen en determinadas épocas del año, Él quiere cada día de la vida, quiere la perseverancia, lo que perdura, lo que no pasa.

          Hermanos, el Señor nos espera, quiere que seamos felices: QUIERE NACER EN EL CORAZÓN. Desde el corazón podrá transformar al ser, y así poder transformar el mundo.

 

P. Víctor


03-MI COMPROMISO EN EL BAUTISMO

          Llama la atención en muchos padres de familia el deseo de bautizar a sus hijos. A primera vista se puede decir que se preocupan de su parte espiritual, e incluso lo manifiestan, y afirman ser buenos cristianos. Pero, luego de un breve diálogo con ellos van saliendo aspectos de la vida que no tienen nada que ver con la vivencia de unas personas de fe. Con esto no se afirma que sean malas personas, pueden ser muy buenas, a su manera, pero esto no implica necesariamente la fe. No basta ser “buenos” para ser cristianos, hay que vivir la fe en Cristo, y esto trae consecuencias en el estilo de vida. El bautismo de un niño tiene que ser expresión de la fe que viven los padres en comunión con la Iglesia; si no es así, no está demás decir que aún no les bauticen. Por otro lado, es preocupante que ante la pregunta sobre un compromiso con la formación de sus hijos en la fe, la respuesta afirmativa es casi automática, ni ha terminado la pregunta y ya la están respondiendo; si tan sólo se demorasen un momento en responder sería más creíble  dicha respuesta. En circunstancias así cómo dar un sacramento, si antes no hay una catequesis prolongada y detallada en la fe para los padres. Lo más lógico sería, primero, formar a los padres. Una simple charla, de hora y media, para semejante sacramento, no basta. Mateo, en  el capítulo   13   nos   ilustra     sobre       el tema.    ¿A   qué   se   parece el Reino de los cielos? A un grano de mostaza que puesto en el huerto, y cultivado, crece y abunda. Una familia constituida tiene su huerto, su tierra fértil, y lo ha recibido para que produzca y de fruto. Ese huerto son los hijos, y el granito de mostaza es la fe. Los padres tienen que sembrar ese granito en el corazón de sus hijos, y luego cultivar todo el desarrollo de esa fe; no es sólo sembrar la semilla, es también cultivarla; es decir, no es sólo el sacramento, sino también su cultivo.

          No es lógico que un agricultor compre una semilla cara, valiosa, cotizada para sembrarla, sin compromiso serio y formal de cultivarla, para que dé fruto.

          El padre de familia es el primer responsable en la formación de sus hijos en la fe por lo que debe ser maestro y ejemplo con la propia vida. De la mano con la formación de casa debe ir la buena instrucción en la institución educativa. Ambas instituciones deben ser siempre complemento en el trabajo formativo. Es irresponsable obviar la tarea del hogar. La formación del niño en principios y valores, ya sean cívicos, éticos, morales o religiosos, requiere padres con la misma especialidad.

 

P. Víctor


02-LA RECONCILIACIÓN

El sacramento de la reconciliación es el sacramento por el que Dios, siempre misericordioso, perdona al hombre los pecados cometidos. A este sacramento también se le conoce como: sacramento de la conversión, de la penitencia, de la confesión, del perdón.

          Dios revela a la humanidad la relación entre ambos, su obra y amor infinitos, su misericordia y plan salvíficos. La Revelación descubre al hombre que el pecado es una oposición a los designios de Dios, como negación de lo bueno, como ofensa a Dios mismo por desobedecerle; descubre al hombre que ha hecho mal uso de su libertad.

           El sacramento de la reconciliación existe porque existe el pecado, cuyo origen está en los albores de la humanidad. Este dañó y desfiguró la presencia de Dios en la naturaleza humana. El bautismo borra este pecado en el hombre, resana su naturaleza y recibe la fuerza necesaria para mantenerse siempre firme en la presencia de Dios. Pero el hombre,  aunque resanado en su naturaleza, quedó débil e inclinado al pecado, por lo que vuelve a pecar. Por ello necesita una nueva oportunidad, después de haber recibido el bautismo, para regresar al amor de Dios.

           Llegada la plenitud de los tiempos, Cristo, que tiene el poder de perdonar los pecados (Mt 9,2), llama e invita a la conversión (Mt 4,17) y da esta nueva oportunidad, para regresar al amor de Dios. Este poder, propio de Dios, lo da a sus apóstoles y en ellos a su Iglesia (Mt 16,19; 18,18; 28, 16-20).

          La Iglesia, tesorera celosa de los bienes recibidos de su Señor, y madre, que quiere lo mejor para sus hijos, pone, en cuatro pasos, algunas exigencias, que ha considerado indispensables: examen de conciencia, contrición (dolor de corazón o arrepentimiento y que incluye el propósito de enmienda), confesión (decir los pecados al confesor), y satisfacción (cumplir la penitencia).

          Estos son los actos que debe llevar a cabo el hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo. Falta un quinto paso: la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo.

Precisamente alrededor de estas exigencias hay que resaltar, al acercarse al sacramento de la confesión, algunas consideraciones, que si no se observan, se puede confundir o distorsionar lo que es en realidad el sacramento.

          En principio, no es el hecho de contar sentimientos o emociones para aliviar la conciencia; tampoco se trata de una terapia sicológica, ese no puede ser el objetivo central por el que se va a la confesión. Se recurre al sacramento porque se tiene la conciencia de que Dios es misericordioso y conoce al corazón dolido por haberle ofendido y que va a perdonar los pecados que, se supone, el penitente conoce y acepta haberlos realizado y, claro está, siempre y cuando haya un verdadero arrepentimiento. Tampoco se recurre a él cuando se tiene “ganas de ir”, simplemente hay que ir cuando se debe ir, aunque no se tenga ganas de ir. Un sacramento no está supeditado a las ganas o los deseos, o capricho de alguien sino a la decisión de la persona y la necesidad de la misma.

          La confesión debe llevar consigo el propósito firme de no pecar más y al cambio de vida. Por tanto, no se trata de pedir la confesión porque se celebra la primera comunión o el bautismo de los hijos; un matrimonio; la muerte de alguien conocido, o por una devoción particular; sin el más mínimo indicio de conversión, arrepentimiento o compromiso de perseverancia; tan sólo por la emoción o el

sentimiento del momento o el simple hecho de comulgar ese día, y hasta el extremo, tal vez, de ser visto, y nada más. Esto desfigura el dolor de corazón o el propósito de enmienda.

          También puede caerse en el error de pensar que la confesión lo arregla todo; es decir, la persona se da riendas para cometer los pecados que sean, no hay el mínimo interés de luchar contra ellos, ni poner los medios necesarios para evitarlos y, sencillamente, “peco y después me confieso”, “al fin Dios es tan misericordioso que a todos perdona”, etc. En estos casos la confesión, más que ayuda o fortaleza, se convierte en un obstáculo para que la persona se supere ya que estará constantemente confesándose sin el propósito de cambiar y, por supuesto,  nunca cambiará.

          Con alguna frecuencia, algunos se han acercado a la confesión, después de muchos años, luego de haber experimentado un pecado grave o mortal, y quieren confesarse básicamente de ese  pecado, dejando de lado las faltas o pecados de años pasados, que pueden ser muchos y serios, pero que no han impactado tanto como el ocurrido recientemente. Lo que debe de hacerse, con humildad y serenidad, antes de la confesión, es prepararse en el llamado examen de conciencia. Debe ser una preparación minuciosa y tranquila; que no sea unos minutos antes de la confesión, o el tiempo de espera a que le llegue el turno, sino con un tiempo prudencial y lo más objetiva posible. El catecismo puede servir como guía. Si la persona tiene muchos años sin confesión, con mayor razón tiene que prepararse y, con la ayuda del sacerdote, esta persona saldrá satisfecha y tendrá la certeza de que Dios ha actuado en su vida, que no lo han absuelto por avanzar, porque faltan muchos en la cola, o simplemente por lástima. Ha recibido el perdón porque Dios, misericordioso, ha entrado en su vida y se alberga en su corazón.

           Una preparación objetiva y sincera, guiada por el catecismo o algún manual de examen de conciencia, evitará confesar sólo lo que el penitente subjetivamente considere pecado. El catecismo o el manual le harán comprender lo que Cristo considera en su Palabra e Iglesia como pecado. Hay que recordar que en la confesión se dice al confesor todo lo que es pecado, aunque no se considere como tal.

 La confesión perdona todos los pecados, no sólo unos y otros no. Todos o ninguno.
Por ello se evitará pedir la absolución para unos cuantos pecados que se tengan, y no para otros que no se puedan absolver. Es algo que no tiene sentido, puesto que se perdonan o todos o ninguno.

          Otro aspecto es que la confesión es el sacramento donde se dicen cada uno de los pecados “personales” y se pide perdón por ellos. No se trata de decir los pecados de los demás, como buscando justificación al pecado personal. La confesión nunca será un justificar pecados, sino un decir “este es  mi pecado”. La confesión es el único juicio donde, si el acusado se considera culpable, sale absuelto.

 Que el Señor te bendiga y, adelante.

 

P. Víctor


01-VOCACIÓN AL SACERDOCIO

         La vocación al sacerdocio es consecuencia de un llamado especial del Señor, a un varón en concreto, en un momento y contexto determinados, para trabajar en su viña, es decir, en su Iglesia. Como en  las otras vocaciones, la respuesta tiene que ser  libre, y de ella depende la realización como persona del hombre llamado.

          La misión del varón que responde  a esta vocación es especial: hacer presente a Cristo en el mundo. Esta es la tarea más sublime que un ser humano puede tener. Aunque todo bautizado tiene esta obligación el llamado al sacerdocio la tiene como distintivo peculiar.  Él tiene que ser luz para el pueblo y sabor de Cristo en el mundo; y así, nexo entre Dios y los hombres con el objetivo de construir el Reino de Dios.

          Para el cumplimiento de la misión, el sacerdote o ministro, participa de la triple función de Cristo: Profeta, por lo que tiene que proclamar y anunciar el Evangelio, predicar a Cristo resucitado; Sacerdote, cuando hace presente a Cristo en los sacramentos, y no de modo figurado sino real, sobre todo en la Eucaristía; y Rey, en la medida que sirve al pueblo de Dios.

          El sacerdote no es un “extraño”, un “raro” o un “superhombre”, es simplemente un hombre tomado de la comunidad, y que por su vocación, está para servir  en lo que toca a Dios. Por ser hombre, está sujeto a las limitaciones propias de todo ser humano, pero llamado a ser hombre de Dios, hombre de fe, en medio de sus limitaciones.  Es su obligación luchar y batallar para ser libre, y así, poder cumplir su promesa de entregarse a Dios en plenitud; como ministro, actuará en la persona de Cristo, haciendo actual y real su presencia.

          Así como para un trabajo determinado se requiere un trabajador con cualidades y que se compenetre con él para que realice  un “buen trabajo”, cuanto más para el sacerdote. En principio, tiene que ser un hombre que ame a Cristo y quiera trabajar con él en lo que le proponga, sino es así no puede ser sacerdote de Cristo. Esta vocación es un llamado a servir por lo que el candidato debe ser servicial, y no es un servicio así mismo, sino a Dios, por lo tanto a través de su Iglesia, lo que implica la obediencia a la Iglesia. Este hombre debe ser transparente, alguien con salud física y sicológica, debe ser un dialogante asiduo con el Maestro, es decir, un hombre de oración. Como tiene que estar disponible para todos en el servicio, no se une en exclusividad a una mujer, por lo que vive el celibato, consagrando así toda su persona a extender el Reino de Dios.

 

P. Víctor